¿En qué consiste?
El VIH (virus de la inmunodeficiencia humana) es el virus que causa el SIDA (Síndrome de la inmunodeficiencia adquirida). El VIH destruye o daña las células del sistema inmunitario y el organismo pierde la capacidad de luchar contra las infecciones y ciertos tipos de cáncer. Las personas diagnosticadas de SIDA pueden sufrir enfermedades conocidas como infecciones oportunistas que ponen en peligro su vida. Estas infecciones están causadas por virus, bacterias u hongos que en personas sanas no suelen provocar ninguna enfermedad. Las personas infectadas por el VIH o con SIDA presentan mayor riesgo de desarrollar ciertos tipos de cáncer, trastornos neurológicos y otras enfermedades.
Desde el año 1981, se han detectado más de 980.000 casos de SIDA en Estados Unidos (registrados en los Centers for Disease Control and Prevention - CDC). Los CDC estiman que en América existe aproximadamente un millón de personas infectadas por el VIH, y que de éstas, un 25% no sabe que lo está, pudiendo transmitir el virus a otras personas.
Signos y síntomas
La infección por VIH causa inicialmente un cuadro agudo con signos y síntomas inespecíficos como los de la gripe (fatiga, dolor de cabeza, fiebre y aumento de tamaño de los ganglios linfáticos). Durante este periodo de tiempo, el virus está presente en cantidades importantes y circula por todo el organismo. El VIH infecta a células del sistema inmune conocidas como células T de tipo CD4 (también llamadas cooperadoras), y las va destruyendo progresivamente. El virus se asienta en órganos o tejidos como el cerebro y ganglios linfáticos, donde permanecerá incluso en el curso del tratamiento.
El sistema inmune del paciente responde a la infección aguda por VIH con la producción de anticuerpos frente al virus. En la mayor parte de la gente, los síntomas iniciales desaparecen al poco tiempo. El paciente puede permanecer aparentemente sano bastante tiempo (diez años o más), si bien el virus sigue replicándose y destruyendo a las células T-CD4. Finalmente, el sistema inmune está tan comprometido que la persona infectada empieza a mostrar síntomas como aumento permanente del tamaño de los ganglios linfáticos, pérdida de peso, sudoraciones, infecciones recurrentes por hongos, fiebre, infecciones por el virus del herpes, erupciones cutáneas e incluso dificultad para concentrarse y pérdida de memoria.
En los niños infectados por VIH durante o antes del nacimiento, los síntomas suelen aparecer en un par de años. No es raro que presenten un retraso del crecimiento y que a menudo se pongan enfermos.
¿Cuando se desarrolla el SIDA?
SIDA hace referencia a los estadios más avanzados de la infección por VIH. Según los Centers for Disease Control and Prevention (CDC), el SIDA se diagnostica cuando el número de células T CD4 es inferior a 200 o cuando, además de la infección por VIH, el paciente presenta alguna infección como tuberculosis o una neumonía por Pneumocystis jirovecii (carinii). En las personas con SIDA, las infeciones oportunistas suelen ser graves y a veces fatales, ya que el sistema inmune está tan afectado por la infección que ya no puede atacar a las bacterias, virus, hongos y parásitos que las causan.
Algunas infecciones oportunistas frecuentes en pacientes con SIDA causan síntomas como:
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tos y dificultad respiratoria
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convulsiones y falta de coordinación
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dolor o dificultades al tragar
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síntomas mentales (confusión, olvidos)
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diarreas persistentes y graves
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fiebre
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pérdida de visión
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náuseas, calambres abdominales y vómitos
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pérdida de peso y fatiga extrema
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dolores de cabeza importantes
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coma
¿Cómo se transmite?
El VIH se contagia normalmente por las siguientes vías:
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Manteniendo relaciones sexuales con una persona infectada. El virus puede penetrar en el organismo a través de la mucosa de la vagina, de la vulva, del pene, del recto o de la boca.
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A través del contacto con sangre infectada. Antes de que la sangre se analizara para detectar la presencia del VIH y antes de emplear técnicas de calor para eliminar el VIH en los derivados sanguíneos (como el factor VIII y la albúmina), el VIH se podía transmitir a través de tranfusiones de sangre o de componentes sanguíneos contaminados. Actualmente, gracias al análisis previo de la sangre y al tratamiento térmico de los derivados sanguíneos, el riesgo de contagio por esta vía es muy pequeño.
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Mediante el uso compartido de agujas y jeringas (como el que se da en consumidores de drogas), que pueden estar contaminadas con pequeñas cantidades de sangre de alguna persona infectada por el VIH. Sin embargo, el contagio del personal sanitario a través de agujas u otros instrumentos médicos y viceversa, es poco frecuente.
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Durante el embarazo o el nacimiento. Aproximadamente entre un 25%-33% de las mujeres embarazadas infectadas por el VIH que no se tratan pasarán la infección a sus bebés. El VIH también se contagia a través de la leche materna. Si la madre se trata con AZT durante el embarazo, las posibilidades de transmitir la enfermedad al hijo se reducen de manera significativa. El tratamiento con AZT durante el embarazo y el parto mediante cesárea reducen las posibilidades de infección del feto a un 1%.
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Si se sufren enfermedades de transmisión sexual como sífilis, herpes genital, infecciones por clamidia, gonorrea o vaginosis bacteriana; parece ser que se es más susceptible de contraer el VIH y el riesgo es mayor cuando se mantienen relaciones sexuales con otra persona infectada.








