¿En qué consiste?
La hipertensión consiste en un aumento persistente de la presión sanguínea que pone a prueba al corazón y que puede, a largo plazo, provocar lesiones en diversos órganos como en los riñones, el cerebro, los ojos y el propio corazón. La presión sanguínea (PS) es la cantidad de fuerza que la sangre ejerce sobre las paredes de las venas y de las arterias. La PS depende de las fuerza y de la velocidad de contracción del corazón cuando bombea la sangre oxigenada desde el ventrículo izquierdo hacia las arterias y de la resistencia a este flujo. La cantidad de resistencia depende de la elasticidad y el diámetro de los vasos sanguíneos y de la cantidad de sangre que fluye. La presión sanguínea es un parámetro dinámico; aumenta o disminuye dependiendo del nivel de actividad de la persona, del momento del día y del estrés tanto físico como emocional. En las personas sanas, este proceso se controla principalmente por el sistema nervioso autónomo regulado por hormonas sintetizadas en las glándulas suprarenales que afectan a la cantidad de sodio, potasio y fluidos que se excreta por los riñones (lo que incide en el el volúmen sanguíneo) y se altera por aumentos o descensos del pulso cardiaco y por dilataciones y constricciones de los vasos sanguíneos. Cuando uno o más factores reguladores no pueden responder a las necesidades del organismo, la presión sanguínea puede mantenerse elevada de manera persistente.
Cuando se evalúa la presión sanguínea, se realizan dos medidas de presión. La presión sistólica, que es el pico de fuerza que ejercen las paredes de los vasos sanguíneos cuando el corazón se contrae, y la presión diastólica que es la cantidad de presión presente cuando el corazón se relaja entre latido y latido. Ambas se miden en milímetros de mercurio (mm Hg) y la sistólica se expresa primero y después la diastólica. Por ejemplo, una presión sanguínea de 120/80 mm Hg corresponde a una presión sistólica de 120 y a una diastólica de 80. Las presiones sanguíneas son un proceso contínuo pero, en los adultos, suelen clasificarse de la manera siguiente:
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Presión sanguínea normal: una sístolica de menos de 120 y una diastólica de menos de 80 mm Hg
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Prehipertensión: es un estado en el que la presión sanguínea está más elevada de lo normal y que puede desembocar en una hipertensión (una presión sistólica entre 120 y 139 mm Hg o una presión diastólica entre 80 y 89 mm Hg).
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Hipertensión, estadio 1: una presión sistólica de 140-159 y/o una presión diastólica entre 90-99 mm Hg.
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Hipertensión, estadio 2: una presión sistólica de 160-179 y/o una presión diastólica de 100-109 mm Hg.
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Hipertensión severa, estadio 3: una presión sistólica mayor o igual a 180 y/o una presión diastólica superior o igual a 1120 mm Hg.
Normalmente, las presiones diastólicas van acorde con las sistólicas pero, a medida que aumenta la edad de la persona, la presión diastólica tiende a estancarse y la hipertensión, cuando únicamente está implicada la presión sistólica (conocida como hipertensión sistólica aislada), se vuelve mucho más común. En general, cuanto más tiempo se mantiene la presión elevada, mayor es el daño potencial. La presión normal en niños suele evaluarse individualmente; se comparan con el percentil 95 de los otros niños teniendo en cuenta la edad, la altura y el sexo.
En la mayor parte de los casos, la causa de la hipertensión es idiopática (causa desconocida). Esta forma de presión sanguínea elevada se conoce como hipertensión primaria o esencial. Puede afectar a cualquier persona pero es mucho más frecuente en hombres, especialmente en descendientes de africanos y se vuelve muy frecuente en todos los americanos a medida que aumenta la edad. El "National Heart, Lung and Blood Institute" estima que uno de cada tres americanos sufre hipertensión arterial pero un tercio de los afectados lo desconoce. En muchos casos la hipertensión no provoca síntomas hasta que se empiezan a dañar órganos vitales. Por esta razón, suele referirse a la hipertensión como al "asesino silencioso" puesto que aumenta silenciosamente el riesgo de sufrir derrames, infartos, lesiones renales y ceguera. Debido a que es un trastorno común y silencioso, la presión sanguínea suele determinarse cada vez que se visita al médico.
Aunque es difícil determinar su causa, existen varios factores que incrementan el riesgo de desarrollar hipertensión y de exarcerbarla cuando ya está presente. Entre ellos encontramos:
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Obesidad
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Vida sedentaria
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Fumar
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Consumo excesivo de alcohol
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Consumo excesivo de sodio en la dieta
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Uso de anticonceptivos orales
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Consumo de drogas como esteroides, cocaína y anfetaminas
La hipertensión puede ser causada por un trastorno subyacente. Esta forma de presión sanguínea elevada se conoce con el nombre de hipertensión secundaria. Es importante detectar estos trastornos puesto que suelen resolver o se pueden controlar permitiendo volver a niveles de presión sanguínea normales o prácticamente normales. Estos trastornos son:
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Lesión o enfermedad renal. Una disminución en la eliminación de sales y de fluidos del organismo incrementa el volumen sanguíneo y la presión. Puesto que la hipertensión puede provocar lesión renal, ésto puede convertirse un grave problema si no se trata.
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Enfermedad cardíaca. Puede afectar a la fuerza y al índice de la contracción cardiaca. Este trastorno también puede ser progresivo.
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Diabetes. Este trastorno puede provocar lesiones renales y afectar a la integridad de los vasos sanguíenos con el paso del tiempo.
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Arteriosclerosis. Es un endurecimiento de las arterias que limita su capacidad de dilatarse y contraerse.
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Síndrome de Cushing. Es un trastorno en el que hay una producción incrementada de cortisol por parte de las glándulas suprarrenales.
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Hiperaldosteronismo (Síndrome de Conn). Es un trastorno que se caracteriza por una sobreproducción de aldosterona, una hormona que ayuda a regular la retención y excreción de sodio por vía renal; puede deberse a un tumor en las glándulas suprarrenales (normalmente benigno).
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Feocromocitoma. Es un tumor de las glándulas suprarrenales (raro y normalmente benigno) que produce cantidades excesivas de adrenalina, una hormona que el organismo utiliza para combatir el estrés; los pacientes afectados suelen padecer crisis hipertensivas graves.
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Enfermedad tiroidea. Tanto cantidades excesivas como escasas de hormona tiroidea pueden producir aumentos de la presión arterial.
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Embarazo. La hipertensión puede aparecer en cualquier momento del embarazo aunque suele ser más frecuente en el último trimestre, que es cuando puede provocar pre-eclampsia (toxemia), un trastorno que se caracteriza por presión sanguinea elevada y retención de líquidos.








