Detección de anticuerpos
¿En qué consiste?
Las pruebas que evalúan anticuerpos suponen el análisis de una muestra de sangre (normalmente); el estudio puede ser cualitativo (presencia o ausencia de un tipo concreto de anticuerpo) o bien cuantitativo (cantidad de un tipo concreto de anticuerpo).
Los anticuerpos forman parte del sistema inmune del organismo. Son proteínas (inmunoglobulinas) que intentan proteger al organismo de agentes microscópicos como virus, bacterias y sus toxinas, y de compuestos químicos. Cada uno de los anticuerpos que se produce es único, es decir, se sintetiza para reconocer una estructura específica presente en alguna partícula o célula invasora. La estructura específica que se reconoce recibe el nombre de antígeno. Los anticuerpos se unen a los antígenos de manera que se forman unos complejos antígeno-anticuerpo (inmunocomplejos); estos complejos son para el sistema inmune como un mecanismo de aviso o señal inductora de la destrucción de células o partículas.
Existen cinco clases distintas de inmunoglobulinas (IgA, IgD, IgE, IgG e IgM). Los tres tipos de inmunoglobulinas que se miden más frecuentemente son las IgM, las IgG y las IgE. Los anticuerpos de tipo IgM e IgG proporcionan una protección frente a infecciones a corto y largo término, mientras que los de tipo IgE se asocian principalmente a alergias.
La primera vez que una persona se expone a una sustancia extraña, como un virus o una bacteria, el sistema inmune puede tardar un tiempo (hasta dos semanas) en desarrollar un molde o patrón de anticuerpo y además en cantidad suficiente para combatir la infección (de entrada, se fabrica IgM). Después de la amenaza inicial que supone la infección (normalmente algunas semanas) el organismo sintetiza anticuerpos de tipo IgG. Al organismo le queda memoria de esta infección y también una pequeña cantidad de los anticuerpos creados frente a ella (mezcla de IgM e IgG). La siguiente vez que el organismo se expone al mismo antígeno, la respuesta será mucho más rápida e intensa para así proveer una protección principalmente con anticuerpos de tipo IgG.
Las vacunas desencadenan la producción de anticuerpos previamente a la posible exposición a un microorganismo infeccioso. Las vacunas utilizan ya sea un microorganismo debilitado (atenuado y que no puede causar una infección) o una proteína que mimetiza una estructura antigénica presente en la superficie del microorganismo. Así, las vacunas proporcionan una protección relativamente segura frente a una primera exposición, generando además moldes que garantizarán una protección futura. Las vacunas provocan una respuesta inmune inicial para crear anticuerpos de tipo IgM, y una respuesta secundaria que proporciona una cantidad suficiente de anticuerpos de tipo IgG. Los anticuerpos generados por la vacuna proporcionan una protección a largo término mediante una respuesta rápida (inmunidad). A veces se utilizan revacunaciones (dosis de recuerdo) para conseguir aumentar la concentración de anticuerpos en la sangre hasta un nivel considerado como suficientemente protector (que proporcione una inmunidad adecuada).
La creación correcta de anticuerpos y su apropiada funcionalidad frente a antígenos depende de la capacidad del organismo de distinguir entre estructuras propias y estructuras ajenas, y reconocer así posibles amenazas. Normalmente, el sistema inmune de una persona aprende a identificar y a ignorar los antígenos presentes en órganos, tejidos y células propios. Puede suceder sin embargo que el sistema inmune de una persona identifique erróneamente alguna estructura propia como extraña, y empiece a producir autoanticuerpos. Estos autoanticuerpos desencadenan una reacción inflamatoria autodestructiva hacia los tejidos u órganos del propio organismo, como si se estuviera atacando a una sustancia ajena o extraña. Las respuestas autoinmunes pueden afectar a un sólo órgano (como por ejemplo la glándula tiroides) o a varios (se dice que son sistémicas). Estos fenómenos inducidos por la presencia de autoanticuerpos dan lugar a lo que se conoce como enfermedades o trastornos autoinmunes.
Los anticuerpos también pueden desencadenar respuestas inmunes en el curso de transfusiones sanguíneas o en los transplantes de órganos. A pesar de que cuando se realiza transfusiones de sangre o transplantes de órganos se busca la máxima compatibilidad (máxima similitud posible) para minimizar el riesgo de que se produzca una respuesta inmune, a veces este objetivo es dífícil de conseguir. Los antígenos de la sangre del donante pueden estimular una respuesta inmune en el receptor de la transfusión conocida con el nombre de reacción transfusional; debe vigilarse muy estrictamente la aparición de síntomas propios de una reacción transfusional a todos los receptores de transfusiones de sangre. De la misma manera, los antígenos presentes en órganos transplantados pueden estimular una respuesta inmune que puede llevar a un rechazo del órgano en cuestión. A los pacientes transplantados se les administra fármacos que deprimen su sistema inmune, para así obviar la posibilidad de que se produzca un rechazo del órgano transplantado.
A veces, el sistema inmune de ciertos individuos puede reaccionar frente a sustancias extrañas que no representan amenaza alguna, y que habitualmente en la mayor parte de personas no generan ninguna reacción inmune. Estas reacciones reciben el nombre de alergias (o hipersensibilidad) y suponen la producción de anticuerpos de tipo IgE. Entre las sustancias extrañas que desencadenan reacciones alérgicas se incluyen: alimentos, pólenes, levaduras u hongos y sustancias o estructuras animales (pelos, descamaciones de la piel). Existen muchos tipos distintos de alergia, y las reacciones alérgicas pueden ocasionar desde irritaciones moderadas hasta respuestas que pueden poner en peligro la vida del individuo.








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